Por Manolo Fernández D. MV, MSc, PhD h.c.
La OMSA, al igual que la OMS, ha dejado de cumplir su función como organismos técnicos rectores de la sanidad global para transformarse en un aparato burocrático internacional, sostenido por el financiamiento de múltiples países —con una dependencia estructural significativa de los aportes de Estados Unidos—, pero operando bajo una lógica administrativa, política y corporativa, alejada de la ciencia de la vida y de la realidad epidemiológica contemporánea. Estas instituciones funcionan hoy más como estructuras de gobernanza formal que como motores reales de prevención, anticipación y control de enfermedades.
A esta degradación funcional se suma una captura regulatoria evidente por parte de la Big Pharma, que condiciona de manera directa o indirecta las decisiones normativas, las recomendaciones técnicas y las estrategias sanitarias globales. Lejos de priorizar los intereses de las poblaciones, de la sanidad animal y de los ecosistemas, muchas de sus directivas parecen orientadas a preservar mercados, tecnologías establecidas y modelos productivos obsoletos, aun cuando estos han demostrado una eficacia decreciente frente a patógenos en rápida evolución.
Sus manuales, códigos sanitarios y lineamientos técnicos continúan basándose en modelos lineales, estáticos y simplificados, que ignoran principios fundamentales de la biología evolutiva, la coevolución hospedador-patógeno, la presión selectiva, la recombinación genética y la plasticidad fenotípica microbiana. En la práctica, estas normas asumen erróneamente que los agentes infecciosos son entidades estables, cuando la evidencia científica demuestra lo contrario.
Los virus y las bacterias no esperan reformas, actualizaciones normativas ni consensos institucionales. Mutan constantemente, se recombinan, intercambian genes mediante transferencia horizontal, desarrollan mecanismos inesperados de resistencia a los antibióticos y se adaptan rápidamente a las presiones impuestas por vacunas incompletas, tratamientos subóptimos y sistemas de control mal diseñados. En este contexto, la lentitud institucional no es solo ineficiencia; es un factor que favorece activamente la evolución de patógenos más complejos y peligrosos.
A pesar de esta realidad, la OMSA y la OMS siguen promoviendo y validando vacunas genéricas, incompletas o desactualizadas, diseñadas para cepas históricas que ya no representan adecuadamente la diversidad genética circulante. Estas vacunas, con capacidad limitada para inducir inmunidad esterilizante o protección cruzada frente a variantes emergentes, han perdido efectividad en campo, permitiendo infecciones subclínicas, circulación silenciosa de patógenos y mantenimiento de reservorios infecciosos.
Desde una perspectiva evolutiva, estas estrategias son profundamente problemáticas porque incrementan la presión selectiva, favorecen el escape inmunológico y aceleran la aparición de nuevas variantes virales y bacterias multirresistentes. En lugar de cortar las cadenas de transmisión, contribuyen a complejizarlas. Sin embargo, cualquier intento de cuestionar o reemplazar estos enfoques suele encontrar resistencia institucional, precisamente porque afecta intereses industriales consolidados.
Lejos de impulsar una transformación profunda, basada en vigilancia genómica permanente, filogenética en tiempo real, plataformas vacunales adaptativas, tecnologías DIVA modernas, inteligencia artificial predictiva y uso racional de antimicrobianos, estas organizaciones mantienen sistemas rígidos y reactivos. Para sostenerlos, influyen activamente sobre los países, autoridades sanitarias y técnicos, condicionando políticas públicas y limitando la adopción de soluciones más avanzadas, incluso cuando estas surgen desde la investigación local o regional.
Esta falta de liderazgo científico se refleja también en la escasa promoción de investigación independiente y aplicada. No existe una estrategia global coherente para anticipar la evolución de los patógenos ni para rediseñar integralmente los sistemas de control sanitario. En su lugar, se perpetúa una burocracia endogámica, absorbida por comités, consultorías, misiones técnicas y viajes internacionales, mientras las enfermedades evolucionan sin control en los sistemas productivos, la fauna silvestre y los ecosistemas.
Las consecuencias son claras, acumulativas y científicamente previsibles: fallas estructurales en el control de enfermedades animales, expansión de reservorios infecciosos, emergencia constante de variantes con alto potencial zoonótico y proliferación de bacterias multirresistentes. Todo ello compromete la seguridad alimentaria, debilita la sanidad animal, incrementa los riesgos para la salud humana y genera impactos económicos y sociales profundos.
Además, la incapacidad de estas instituciones para integrar un enfoque ecosistémico real contribuye al deterioro de la biodiversidad. La presión sanitaria mal gestionada sobre poblaciones animales vulnerables favorece colapsos poblacionales, desplazamientos ecológicos y procesos de extinción, con efectos irreversibles sobre los equilibrios naturales.
El concepto de One Health, frecuentemente invocado en discursos oficiales, ha quedado reducido a un enunciado retórico, sin traducción operativa ni tecnológica. En la práctica, las directivas no están alineadas con los intereses de las poblaciones, la salud pública ni la sanidad animal, sino con agendas administrativas e industriales.
El mundo enfrenta patógenos que evolucionan más rápido que cualquier adecuación normativa tardía. Persistir en vacunas genéricas obsoletas, antibióticos mal utilizados y sistemas de control rígidos equivale, desde una perspectiva científica, a una negligencia sanitaria global estructural.
Es imperativo reestructurar completamente los sistemas de control sanitario, desmontar la captura regulatoria, reformular las directivas y vincularlas exclusivamente a la evidencia científica, la protección de la salud animal, la salud humana y la sostenibilidad de los ecosistemas, no a los intereses de la Big Pharma.
Si la OMSA y la OMS no asumen esta transformación profunda, urgente y radical, no solo perderán legitimidad técnica y moral, sino que quedarán registradas como instituciones que, por acción u omisión, facilitaron la expansión de futuras crisis zoonóticas globales, cuyas consecuencias podrían superar ampliamente las ya conocidas.
Fuente: CanalB
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