Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público
En el Perú hay una realidad que no admite maquillaje ni eufemismos: más de 12 millones de peruanos viven en pobreza, y millones de niños crecen atrapados entre la desnutrición y la anemia.
Pero la pobreza no es solo falta de ingresos. Es ausencia de servicios básicos, viviendas precarias, educación deficiente y una sanidad insuficiente. Es también aislamiento. Millones de peruanos viven literalmente desconectados del país: sin carreteras, sin oportunidades, sin Estado.
No es que se sientan abandonados. Es que, en los hechos, lo están.
Frente a esta realidad, la pregunta es inevitable:
¿qué debe hacer un gobernante —o quien aspira a serlo—?
La respuesta fácil, la que suele escucharse en campaña, es prometerlo todo: construir viviendas, hospitales, escuelas, carreteras; llevar agua, desagüe y electricidad a cada rincón; levantar hidroeléctricas, reservorios, plantas de tratamiento; contratar miles de profesionales y dar empleo a millones.
Y ante ese catálogo de buenas intenciones, surge la pregunta clave:
¿de dónde saldrá el dinero?
Las respuestas suelen ser tan previsibles como insuficientes.
“De la corrupción”, dicen algunos. Como si eliminarla —objetivo indispensable— bastara para financiarlo todo. No alcanza.
“Del endeudamiento”, dicen otros. Pero el margen es limitado y un uso irresponsable puede desestabilizar la economía.
“De las reservas del Banco Central”, aventuran los más temerarios. Eso no es una opción: sería abrir la puerta a la inflación y al colapso económico.
Entonces aparece la frase más repetida —y más engañosa—:
“El Perú es un país rico”.
Rico en recursos, sí.
Rico en potencial, sin duda.
Pero no rico en ingresos ni en capacidad fiscal.
Nuestro presupuesto es limitado. Nuestro PBI, aún pequeño frente a las necesidades del país. Confundir riqueza potencial con riqueza real es uno de los errores más graves —y más costosos— de nuestra historia.
Para entenderlo sin rodeos, pongámoslo en una sola cifra.
Si el Estado decidiera darle una vivienda básica digna a los 12 millones de peruanos en pobreza —asumiendo un costo conservador de S/ 80,000 por familia— estamos hablando de:
S/ 960,000 millones de soles.
Casi un billón de soles.
Es decir, casi ¡cuatro veces! todo el presupuesto anual del Perú… solo en viviendas.
Sin contar agua, desagüe, electricidad, salud, educación ni infraestructura.
Ese es el tamaño real del problema.
¿Se puede hacer? Sí.
¿Se puede hacer de golpe? No.
Por eso, el Perú tiene una sola ruta posible: crear riqueza antes de distribuirla.
Y eso no se logra desde el voluntarismo ni desde el Estado actuando en solitario. Se logra articulando un modelo donde el Estado gestione con eficiencia y la empresa privada —nacional y extranjera— invierta, produzca y genere valor.
No hay atajos. No hay magia. No hay soluciones fáciles.
Cada sol que el Estado invierte en salud, educación o infraestructura primero tuvo que ser generado por la economía. Sin crecimiento, no hay recursos. Y sin recursos, todo lo demás es retórica.
El camino correcto es claro: crecer de manera sostenida, consolidar nuestras bases macroeconómicas y convertir ese crecimiento en inversión social de calidad.
Pero aquí está el punto decisivo —el que define el futuro; esa riqueza debe transformarse, principalmente, en educación.
No cualquier educación, sino una radicalmente mejor: una que forme ciudadanos libres, capaces, competitivos; jóvenes que no se rindan ante la adversidad, que entiendan el valor del esfuerzo, que usen la razón y el sentido común, que conviertan cada dificultad en una oportunidad.
Ese capital humano es el único que garantiza que la riqueza no sea pasajera, sino sostenible.
Es el círculo virtuoso que debemos construir: más riqueza, mejor educación; mejor educación, más riqueza.
Solo así la pobreza dejará de ser una condena heredada y se convertirá en un recuerdo superado.
Primero crecer.
Luego consolidar.
Y finalmente, asegurar que nadie pueda volver a engañar al país con soluciones fáciles que solo nos devuelven al atraso.
El Perú no es un país rico. Es un país pobre con un enorme potencial.
Y la única forma de transformar ese potencial en prosperidad real es recorriendo el camino difícil, pero correcto.
No hay otro.
O creamos riqueza y la convertimos en desarrollo,
o seguiremos administrando pobreza.
Y como casi siempre en nuestra historia, el momento es ahora.
Porque después, será tarde.
Fuente: CanalB
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