Escrito por Dr. Manolo Fernández
La Rinconada es uno de los lugares más altos del mundo, allá en Puno, donde el frío te corta la cara y el aire no alcanza. Pero lo más duro de La Rinconada no es el frío ni la altura; lo más duro es otra cosa: ahí la vida vale poco. Ahí no manda la ley, no manda el orden ni la justicia; ahí manda el oro, y donde manda el oro manda la plata, y donde manda la plata el ser humano pasa a segundo plano. En La Rinconada todo gira alrededor del dinero: si tienes plata avanzas y si no tienes, te jodes, así de simple. Por eso ahí se mezclan la droga, la prostitución, la violencia y la corrupción, no como algo escondido, sino como parte del día a día, como si fuera normal, como si así tuviera que ser la vida.
Pero el verdadero problema no es La Rinconada. El verdadero problema es que eso ya no nos sorprende, que ya no nos indigna, que ya no nos duele. Porque cuando una sociedad deja de indignarse, ya perdió. Cuando la gente empieza a decir “así es nomás, pe”, cuando se encoge de hombros y sigue su camino, cuando prefiere no meterse, ahí es donde todo se comienza a pudrir. Ahí es donde nace la famosa ley del más vivo, y esa ley ya no está solo en La Rinconada: está en todo el Perú.
Hoy en día no gana el más trabajador, no gana el más honesto, no gana el que hace las cosas bien. Hoy gana el más vivo, el que engaña mejor, el que mete la trampa sin que lo descubran, el que coimea, el que se hace el loco, el que se cuela en la fila, el que saca ventaja donde puede, el que dice sin vergüenza “si no lo hago yo, otro lo hará”. Esa es la mentalidad que está creciendo, esa es la enfermedad, y lo peor es que muchos ya la ven como algo normal. Hoy ser correcto muchas veces es ser el cojudo, así lo ven: el que respeta la ley es el cojudo, el que no roba es el cojudo, el que no se aprovecha es el cojudo. Y el “vivo”, el que hace trampa, el que pisa a otros, ese es el que “sí sabe vivir”.
Así estamos construyendo un país donde la gente ya no confía en nadie, donde todo el mundo sospecha de todo el mundo. Vas al médico y piensas si de verdad necesitas el tratamiento o si te quiere sacar más plata; vas al abogado y dudas si te está ayudando o te está alargando el problema; vas a una oficina pública y ya entras pensando cuánto te van a pedir por debajo de la mesa. Y eso no es vivir, eso es sobrevivir; eso es vivir con desconfianza, con miedo, con la idea de que en cualquier momento alguien te quiere ver la cara.
Mientras tanto, los jóvenes están mirando, están aprendiendo y están copiando, porque no aprenden solo de lo que se les dice sino de lo que ven. Y lo que ven es claro: ven políticos robando, ven autoridades corruptas, ven que el que tiene poder hace lo que quiere y muchas veces no paga nada. Ven que el que hace trampa avanza más rápido que el que hace las cosas bien. Entonces sacan su propia conclusión: ser honesto no sirve. Y ahí está el verdadero peligro, porque cuando una generación entera empieza a creer eso, el país ya está en problemas serios.
La corrupción ya no es solo cosa de políticos; se ha metido en todo: en las instituciones, en los negocios, en la calle, en la vida diaria. Ya no se pregunta si algo está bien o mal; se pregunta cuánto se puede ganar, cuánto hay para mí, cuál es mi tajada. Y así, poco a poco, sin darnos cuenta, el país se va pareciendo cada vez más a La Rinconada: un lugar donde cada uno jala para su lado, donde la ley es flexible, donde la moral se negocia, donde el que puede abusa y el que no puede, aguanta.
La educación, que debería ser la salida, también está fallando. Hay universidades que ya no forman personas sino clientes, donde lo importante es pagar y no aprender, sacar el título y no tener valores. Y así salen profesionales que después toman decisiones importantes pero sin principios, sin ética, sin responsabilidad. Y luego nos preguntamos por qué el país está como está: con presidentes investigados, otros presos, autoridades metidas en corrupción y millones que desaparecen, escándalo tras escándalo. Pero la gente ya ni se sorprende: lo ve, comenta un rato y sigue con su vida.
Eso es lo más peligroso: no la corrupción en sí, sino la costumbre, la resignación, el “ya qué se va a hacer”. Porque La Rinconada no apareció de un día para otro; se construyó poco a poco, con silencio, con permisividad, con gente que decidió mirar al costado. Y eso mismo está pasando en todo el país, no de golpe, no de la noche a la mañana, sino poco a poco, todos los días, en cada pequeña viveza, en cada trampa, en cada “no pasa nada”.
La pregunta es simple pero incómoda: ¿vas a seguir jugando a ser el más vivo o vas a dejar de hacerte el cojudo y empezar a hacer lo correcto aunque cueste? Porque si todo sigue igual, si seguimos justificando y mirando al costado, no va a importar en qué ciudad vivas ni en qué barrio estés. Poco a poco, sin darte cuenta, ya vas a estar viviendo en tu propia Rinconada. Y ese día, cuando todo esté podrido, cuando nadie confíe en nadie, cuando todo sea plata y nada tenga valor, ese día ya no habrá a quién culpar.
Fuente: CanalB
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