Opinión

Alfonso Baella Herrera: Balcázar podría no ser el presidente que entregue la banda presidencial el 28 de julio

Publicado el 23 de marzo de 2026

Entrevista a Alfonso Baella Herrera, publicada en ContraPoder

 

¿Cómo definirías la actual crisis política que nos ha llevado a tener 8 presidentes en 10 años?

 

Podríamos definirla como el crepúsculo político republicano: el momento más oscuro antes del amanecer.

 

En la última década, el país ha transitado por una secuencia vertiginosa de renuncias, vacancias, transiciones improvisadas y gobiernos efímeros, que han reducido dramáticamente la duración promedio del poder presidencial y han convertido la estabilidad en una excepción.

 

Este fenómeno no es solamente una crisis de personas o de partidos: es, sobre todo, una crisis de carácter político y de sentido de Estado.

 

El punto de inflexión comienza con los gobiernos surgidos de las elecciones de 2016 y 2021. Si uno realiza una disección desapasionada —casi clínica— de las administraciones de Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo, encontrará patrones inquietantemente similares: improvisación estratégica, frivolidad en la toma de decisiones, soberbia frente a la institucionalidad y una alarmante ausencia de conciencia histórica sobre la trascendencia del poder.

 

Ambos quinquenios —pese a representar mundos sociales, culturales y simbólicos aparentemente antagónicos— terminan revelando una misma fragilidad estructural, como si hubieran sido cortados con la misma tijera de la irrelevancia política, la precariedad moral y la poca vergüenza.

 

Porque lo que hemos visto es el agotamiento de una generación política incapaz de comprender que gobernar una república es, antes que administrar coyunturas o sobrevivir a escándalos, construir continuidad, confianza y destino colectivo.

 

El Perú vive hoy, por tanto, un tiempo crepuscular: un periodo en que las instituciones se resquebrajan, la ciudadanía pierde fe y el poder se vuelve transitorio, casi accidental. Pero también —como ocurre en toda historia nacional— los crepúsculos contienen una promesa silenciosa: la posibilidad de que, tras la noche de la improvisación, surja finalmente una clase dirigente con madurez republicana, vocación de permanencia y sentido de trascendencia.

 

¿Consideras que José María Balcázar es un presidente débil? ¿Crees que debería quedarse como presidente o renunciar?

 

Balcázar es tan insignificante como peligroso. A sus 83 años no tiene nada que perder y, por lo tanto, puede ser capaz de querer “ganar la historia” con cualquier ímpetu presidencial.

 

Su permanencia debería estar condicionada a una vigilancia extrema, es decir, a un monitoreo de lo que dice y hace las 24 horas del día. Por seguridad nacional, sus actividades deberían ser informadas en línea a un comité formado por el presidente del Congreso, el presidente del Poder Judicial, la Fiscalía de la Nación, la Defensoría del Pueblo y la Contraloría.

 

Balcázar simboliza, en realidad, el último eslabón de una cadena de improvisaciones políticas que el Perú arrastra desde hace años. No encarna una solución ni necesariamente el mayor problema: es la consecuencia. Y la historia peruana nos recuerda siempre una lección incómoda pero realista: en tiempos de crisis, la caída de un presidente no garantiza automáticamente la llegada de algo mejor.

 

Balcázar, como presidente de la Comisión de Educación del Congreso, creó una gran cantidad de universidades públicas y promovió el nombramiento automático, sin concurso, de profesores universitarios contratados. ¿Qué opinas de la labor del congresista Balcázar?

 

La ejecutoria parlamentaria de Balcázar no debería sorprendernos. Es un digno representante de esta década del oscurantismo que queda al descubierto con su interinato presidencial.

 

Si no fuera presidente, nunca nos habríamos enterado de sus iniciativas legislativas sobre las propiedades de las relaciones sexuales tempranas en las mujeres, ni de las leyes que favorecían a José María Balcázar Quiroz, su hijo, ni de las investigaciones por apropiación de fondos (aproximadamente 1.4 millones de soles) cuando fue decano del Colegio de Abogados de Lambayeque, ni de las carpetas abiertas por delitos como falsa declaración en procedimiento administrativo y corrupción.

 

Balcázar es la última cucharada del concolón de la política peruana. No hay nada mejor, aunque la historia nos enseña que siempre puede haber algo peor.

 

Pedro Castillo tuvo a Aníbal Torres Vázquez y Dina Boluarte tuvo a Alberto Otárola. ¿Consideras que Balcázar necesita un presidente del Consejo de Ministros que actúe como un sujeto fuerte en el proceso político?

 

Balcázar ya ha tenido tres jefes de gabinete: Hernando de Soto, Denisse Miralles y Luis Arroyo. Los tres fueron anunciados y dos de ellos juramentados.

 

La figura de De Soto lo iba a opacar; Miralles lo encasilló en una estructura que no le daba espacio para manejar sus intereses; y ahora ha encontrado, posiblemente, a su personaje perfecto. Arroyo es un hombre discreto, militar en retiro, obediente y sin ganas de molestar a nadie, y mucho menos a Balcázar. Es como anillo al dedo.

 

El problema es que el país no atraviesa un tiempo de silencios tácticos, sino de confrontación abierta. Enfrentar a un Congreso en campaña permanente y a una opinión pública impaciente exige un jefe de gabinete con temple político, legitimidad y capacidad de resistencia. Ese hombre no es Luis Arroyo.

 

¿Qué opinas acerca de hacer renunciar a la presidenta del Consejo de Ministros a fin de ganar 30 días más de gobierno antes de ir al Congreso por la cuestión de confianza? ¿Consideras la posibilidad de que podamos tener otro presidente del Consejo de Ministros de tan solo 30 días?

 

Ha sido una maniobra para ganar tiempo. El poder de quien se sienta en el sillón presidencial es enorme. Puede tomar decisiones cuyos efectos solo conoceremos meses o años después, si es que llegamos a saberlo.

 

Balcázar debe estar frotándose las manos y fantaseando mientras duerme en Palacio. Con el prontuario que conocemos, es un político avezado que, obviamente, no necesitaba ni a De Soto ni a Miralles, porque no le dejaban actuar a sus anchas.

 

Arroyo no será el último jefe de gabinete que veremos los peruanos, pero Balcázar podría no ser el presidente que entregue la banda el 28 de julio.

 

La cuestión de confianza se ha convertido en una desnaturalización de la forma de gobierno. ¿Estás de acuerdo con que esta institución desaparezca?

 

La cuestión de confianza tiene los días contados. El próximo Parlamento ya no la contempla. No volveremos a ver un gabinete recibiendo la investidura o la confianza.

 

La Constitución ha sido reformada y, a partir de 2026, ya no será obligatorio solicitar el voto de confianza tras la presentación de un nuevo gabinete. Ha sido una buena reforma.

 

¿Con tanta inestabilidad, qué peligros adviertes?

 

Doce jefes de gabinete y cuatro presidentes en lo que va del período presidencial 2021–2026 es un récord muy negativo, y vamos en camino a superarlo. Cualquier país que se considere serio no puede ofrecer una imagen tan anárquica. Solo el Ministerio del Interior ha tenido más de 18 ministros. En promedio, los fajines duran menos de cinco meses en la cintura de un ministro de Estado en el Perú.

 

Esto trae, por lo menos, dos problemas.

 

El primero es la parálisis del Estado: nadie quiere firmar un documento porque las consecuencias administrativas o penales pueden ser enormes.

 

El segundo es aún más grave: existen funcionarios rapaces, mafiosos y cazurros que sí están dispuestos a “conseguir” firmas, autorizaciones y facilitar adendas de forma inmediata para beneficiar a empresas o grupos empresariales que pescan a río revuelto en medio de este desorden.

 

Por eso, salvar la institucionalidad exige vigilancia cívica y una prensa independiente que ilumine donde otros prefieren la penumbra.

 

 

 

Fuente: CanalB

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