Por Alfonso Baella Herrera
El Perú no es un país que no vota.
Es un país que ha votado mal.
Durante los últimos 25 años, hemos ensayado, elección tras elección, fórmulas que prometían redención y terminaron en frustración. Discursos de cambio que eran, en realidad, retórica vieja. Liderazgos débiles, equipos improvisados, visiones pequeñas para un país inmenso.
Hemos probado el progresismo sin rumbo.
La izquierda sin gestión.
El relato sin resultados.
Salvo una excepción —la elección de Alan García en 2006—, que más que convicción fue un acto de cautela histórica frente a Humala, el Perú ha transitado por apuestas políticas que terminaron, casi siempre, en lo mismo: desorden, parálisis y corrupción.
Porque hay un patrón. Y es innegable.
Llegaron con la bandera de la lucha contra la corrupción.
Y terminaron siendo parte de ella.
La lista es dolorosa. Presidentes investigados, procesados, presos. Una alcaldesa, Susana Villarán, símbolo de una narrativa moral que terminó atrapada en sus propias contradicciones inmorales. Y un caso reciente —Pedro Castillo— que no solo encarna la precariedad del poder, sino también la fractura institucional, tras el intento de ruptura constitucional del 7 de diciembre de 2022, sumado a múltiples investigaciones por corrupción.
No es un accidente. Es un ciclo. Un ciclo donde el discurso reemplaza a la capacidad. Donde la indignación sustituye a la competencia. Donde el relato moral encubre intereses subalternos.
Y hoy, frente a nosotros, no hay una opción. Hay 36.
Treinta y seis candidaturas dispersas, fragmentadas, muchas irrelevantes. Una diáspora política que refleja exactamente lo que somos: un país que aún no logra organizar su representación.
Pero también —y aquí está lo crucial— una oportunidad.
Porque la cédula de votación no es un trámite. Es una llave. La llave hacia ese país que seguimos postergando: justo, seguro, digno.
Una deuda acumulada con generaciones enteras. Una promesa que no hemos sabido cumplir.
El mundo, mientras tanto, cambia.
América Latina empieza a girar. Después de experimentos fallidos, varios países han comenzado a corregir el rumbo. La realidad —no la ideología— ha impuesto sus límites. Y el Perú, en ese contexto, tiene una posición privilegiada.
Nuestros minerales son estratégicos. Nuestra agroindustria es competitiva. Nuestra ubicación geopolítica es clave en el nuevo orden global. Nunca como ahora el Perú ha sido tan necesario para el mundo.
La pregunta es brutalmente simple: ¿seremos necesarios para nosotros mismos? Porque un error más no sería una anécdota. Sería un punto de quiebre. Otro experimento fallido no nos devolvería al punto de partida. Nos empujaría hacia algo peor: la irrelevancia.
Pero un voto correcto —uno solo, pero multiplicado por millones— puede iniciar un ciclo distinto. Un ciclo de estabilidad. De inversión. De confianza. De futuro. El Perú no siempre vota bien. En realidad, casi nunca. Pero esta vez no puede ser igual. Esta vez tiene que ser distinto. Porque votar ya no es solo elegir. Es responder.
Responderle a la historia. Responderles a nuestros hijos. Responderle a un país que ha esperado demasiado.
Y entonces, en ese instante íntimo —solo, frente a la cédula— el Perú se enfrenta a sí mismo. A su pasado. A sus errores. A su posibilidad. Y decide. “El tiempo no vuelve, y lo que no se hace en él, no se hace jamás.” — José Ortega y Gasset
Hoy no votamos por un candidato. Votamos por la última oportunidad de no volver a equivocarnos.
Fuente: CanalB
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