Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público
Infraestructura del siglo pasado para problemas del siglo XXI
En 1967, hace casi sesenta años, el entonces alcalde de Lima, Luis Bedoya Reyes, inauguró la Vía Expresa del Paseo de la República, el famoso “zanjón”. En su momento se presentó como la obra vial más importante del siglo XX en el Perú.
Sin embargo, cuando esa infraestructura se celebraba como modernidad, el mundo ya había avanzado mucho más allá. El primer metro subterráneo operaba desde 1863. Es decir, un sistema de transporte infinitamente más eficiente existía más de cien años antes del zanjón.
Más aún: el primer proyecto de metro para Lima fue presentado en 1927, cuarenta años antes de esa obra.
Por ello, visto en perspectiva histórica, la construcción de una vía expresa superficial en lugar de apostar por transporte masivo subterráneo no fue progreso, sino atraso.
Hoy el zanjón forma parte del caos que prometía resolver. No solucionó el tráfico: lo trasladó y lo multiplicó.
Y, pese a esa experiencia, Lima ha insistido en el mismo error.
En 2002, la llamada Vía Expresa de Javier Prado, construida por la gestión de Andrade, repitió la fórmula. Colapsó apenas meses después de inaugurada.
Los viaductos, bypasses y puentes levantados desde entonces —en la Panamericana Norte, en el centro y en varios distritos— han seguido el mismo patrón: privilegian el transporte privado sobre el público y nunca forman parte de una red integrada.
Es, literalmente, poner la carreta delante de los caballos.
Hoy el 75 % de los limeños se moviliza en transporte público. Sin embargo, las inversiones siguen dirigidas a facilitar el automóvil particular. El resultado es predecible: más congestión, más contaminación y más desorden urbano.
Mientras el grueso del transporte público no se desplace bajo tierra, será imposible ordenar la superficie.
Las grandes capitales del mundo lo entendieron hace décadas. París, Madrid, Londres, Nueva York, Santiago o Ciudad de México estructuraron su movilidad en torno al metro. Lima, en cambio, sigue construyendo puentes.
Ese es el verdadero problema: no es falta de recursos, es falta de visión.
La reciente propuesta de construir tres viaductos sobre Javier Prado se inscribe en ese mismo paradigma equivocado. Con un crédito de cuatro mil millones de soles, la Municipalidad ha optado por obras vistosas, rápidas y políticamente rentables, en lugar de soluciones estructurales y permanentes.
No se trata de ingeniería, sino de cálculo electoral.
Además, estos viaductos nunca formaron parte de un plan metropolitano integral. Los vecinos adquirieron sus viviendas bajo determinadas condiciones urbanas que hoy se alteran sin justificación técnica clara. La afectación a su calidad de vida y a la plusvalía de sus propiedades es evidente y legítima.
El Estado no puede modificar arbitrariamente las reglas de convivencia urbana sin asumir responsabilidades.
Peor aún, la reciente postergación de una obra por la aparición de tuberías no previstas revela deficiencias elementales: ausencia de expedientes técnicos completos y planificación precaria. Eso no es solo improvisación; es una grave irresponsabilidad en el uso de recursos públicos.
Seguimos mirando el árbol y olvidando el bosque.
La infraestructura vial grandilocuente eleva el ego político y genera fotografías inaugurales, pero no resuelve la ciudad. Lima no necesita más obras faraónicas: necesita planificación seria, transporte masivo eficiente y decisiones pensadas para las próximas generaciones, no para las próximas elecciones.
La solución es clara y no admite más postergaciones:
construir, de manera paralela y sostenida, las líneas de metro subterráneo que la ciudad requiere.
Si otras capitales lo han logrado, nosotros también podemos.
Cuando más grande es el reto, más grande debe ser la voluntad.
Fuente: CanalB
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