Por Carlos Adrianzén, publicado en El Montonero
La corrupción regional divide al país
Este artículo quizá le parezca corto. Primero, porque las innumerables lecciones —estratégicas, políticas, económicas y hasta geopolíticas— que se desprenden de un proceso dizque electoral, mal diseñado y profundamente manchado, son muchas. Y porque no son pocos los que, con distintas visiones, interpretan el proceso bajo perspectivas e intencionalidades diversas: desde la inocencia más extrema hasta la rapiña. Aquí no pretendo —ni me interesa— analizarlas todas.
Segundo, porque iré al grano. Considero menos relevante lo que suele captar la atención del público: la retórica superficial y cambiante de los candidatos, descubrir los costos y filtraciones de las campañas, la evolución de las intenciones de voto, las reglas de juego o incluso el desenlace final.
Me concentraré en aspectos que casi nadie quiere destacar porque irritan y cuestionan creencias arraigadas. Le propongo ponderar cuatro “blasfemias”: observaciones que, por confrontar errores o imprecisiones, podrían ser tomadas como injuriosas. Pero son necesarias. En ellas se toca el fondo del asunto.
Abraham tenía razón
Abraham Valdelomar, extraordinario escritor iqueño, habría acuñado la frase: “Lima es el Perú”. Los dos primeros gráficos lo confirman (ver Blasfemia 1) su validez hoy.
Lima —incluyendo la metrópoli, su puerto y su provincia— concentra más de un tercio de la población nacional y sigue creciendo, atrayendo migración. Lo hace pese a las trabas, la sobrerregulación y la corrupción que le impone nuestra reciente inclinación por dos estilos de gobierno abiertamente depredadores: la centroizquierda y el filosenderismo. Lima, castigada por su propia burocracia, sigue siendo el núcleo demográfico y económico del país.
Don Ricardo nos conocía
“El que no tiene de inga, tiene de mandinga”, frase atribuida a Ricardo Palma, refleja nuestro mestizaje y diversidad. Pero también recuerda que las diferencias regionales son mucho más profundas de lo que la opinión pública suele admitir. Somos regionalmente disímiles.
Los promedios quinquenales de producto por habitante muestran brechas enormes: la sierra sur y norte o la Amazonía son mucho más pobres que Lima o la Costa Sur (ver Blasfemia 2).
Estas diferencias revelan desigualdades institucionales: la ley no se cumple ni se respeta por igual en todas las regiones. El orden público, la lucha contra la corrupción y la eficiencia burocrática varían radicalmente. Creer que los votos se cuentan con la misma transparencia en Lima que en la Sierra Sur es ilusorio, incluso irresponsable.
Tal es la debilidad institucional –léase: la ineficacia y corrupción burocráticas e incumplimiento de la Ley– en ciertas zonas pauperizadas, que ni siquiera se habría permitido el ingreso de personeros de Fuerza Popular en ciertos centros de votación de la serranía. Y lo que resulta aún peor, que algunos medios denuncien esta denuncia como algo casi insensible. En realidad, existen dos Perú, quizá desde antes de 1821.
Ciro estaba perdido
Ciro Alegría escribió que “El mundo es ancho y ajeno” transmitía una visión ideológicamente sesgada. En el Perú, nunca fue ni ancho… ni ajeno. Nuestro universo económico refleja la acción humana y sus reglas (ver Blasfemia 3).
Las regiones más pauperizadas —nuestros “bolivianos ricos”, según el subgráfico de la derecha— no son víctimas pasivas. Toleran, aceptan y hasta eligen gobernantes de talante inaceptable. En contraste, regiones “argentinas pobres” registran niveles de vida más altos.
La costa norte, generosamente dotada de recursos naturales, ilustra la maldición de los recursos naturales: corrupción y desgobierno convierten la riqueza en atraso. Como en Venezuela, Brasil, Cuba o México, la historia muestra que nuestra suerte regional y nacional depende de cómo nos gobernamos.
Otra vez César
Vallejo tenía razón: hay tanto que hacer, ordenar y limpiar en todo el Perú, especialmente fuera de Lima. No hay pillo regional que no culpe a la capital por el atraso, mientras la corrupción florece en su propio entorno. Nuestra dejadez y corrupción regionales nos pasan factura (ver Blasfemia 4).
Por eso no se da convergencia entre los niveles de producto por persona de Lima y el resto del país. Por eso fracasan, se reeligen o ingresan gobernantes aún más oscuros.
Si no lo reparamos, repetiremos
La lección central detrás de este y –al menos, del turbio proceso del 2021– resulta clara. Hoy no basta con denunciar lo inmoral de tolerar que gran parte de las regiones sean botines de aventureros. También es económicamente tóxico para Lima o la Costa Sur aceptar la corrupción y el voto corrupto de regiones donde ni siquiera se cuentan los votos.
Pero recuérdelo bien. La verosimilitud de alto crecimiento en estos ambientes es nula. Si el régimen filosenderista resultase finalmente repudiado en la selección de estos días, hay que ordenar y limpiar la burocracia estatal posterior a la década de gobiernos filosenderistas y de centro-izquierda (a lo Humala, PPK, Vizcarra, Sagasti o Balcázar).
No lo olvidemos: la pobreza migra. La corrupción también. Y la turbiedad electoral se reproduce bajo entornos autoritarios al estilo cubanoide.
El statu quo poshumalista nos puede cerrar la salida.
Fuente: CanalB
La conformación del próximo Congreso…
Juntos por el Perú presentó nuevos…
Los resultados de la segunda…
El expresidente del Consejo de…
Una investigación periodística…